Vida y muerte de Zakia, la luciérnaga del Sahel

Vida y muerte de Zakia, la luciérnaga del Sahel

Vida y muerte de Zakia, la luciérnaga del Sahel

Cuando la pesaron en un barreño celeste amarrado a una báscula, ella rompió a llorar. Y el periodista sintió cierto alivio: los que van a morir ya no lloran, pensó

Fue en 2012, y la niña esquivó la muerte. Ahora su historia es el primer capítulo del libro 'África, la vida desnuda', sobre los viajes del reportero a guerras olvidadas, hambrunas y personajes al límite

Hay códigos no escritos sobre cómo debe comportarse un reportero. Pero ningún apartado te previene contra los efectos secundarios de la profesión, sobre todo si eres un novato. Vas en el Land Cruiser, aire acondicionado, bien desayunado, con tu cámara preparada, tarjeta, micrófono para el vídeo. Haciendo bromas con el conductor y la jefa de este proyecto de Save the Children. Protegido, aún dentro de tu burbuja algodonosa. Por la ventanilla ves el desierto del Sahel color ocre, algunos baobabs solitarios como árboles invertidos, hombres y mujeres sin sombra, camino a ninguna parte, como una película con filtro naranja a través del cristal.

Atravesamos grandes plantaciones de sorgo tan secas que parecen queso gratinado en el horno de dios. Aumenta la sensación de irrealidad que el coche lleve cristales tintados para evitar que nos identifiquen los yihadistas de Boko Haram, muy presentes en la región. Hora y media después el coche se detiene en una aldea mísera. Un puñado de chozas de adobe y pasto seco como techumbre, una bomba de agua en un pozo seco y un centro de niños desnutridos pintado del mismo color terroso que el paisaje. Una fila de madres te mira. Por su expresión, esperan a alguien que constituya algún tipo de salvación para sus hijos, no un tipo que va a hacer fotos y preguntas. Ellas quieren comida. Una trabajadora de Save the Children busca a una madre que quiera hablar conmigo. Estaba a punto de conocer a Zakia, un nombre y un rostro que recordaré toda mi vida.

Entras en el dispensario, ya con la camiseta pegada al cuerpo del sudor, y entonces lo ves: ahí están en sus camas, casi sin moverse, decenas de niños que ya no son niños porque sólo tienen piel y hueso. El ombligo les sobresale de la tripa y la cabeza, como una calabaza seca de tan débiles que están, se les cae a los lados porque no tienen con qué sujetarla. Entonces un niño alarga el brazo y te toca. Por qué me haces esto, pienso. Ahora llevaré el recuerdo de su rostro suplicante toda mi vida. El médico responsable del lugar te habla. Escuchas también, como si fueran las aspas de un helicóptero, los ventiladores del techo moviendo el aire que arde y las moscas que zumban por todas partes.

Pero en realidad ni oyes nada ni ves nada, porque has quedado congelado por una imagen que has visto miles de veces en fotos y en la pantalla de televisión y creías que no te dolería ver en persona. Y no es que te duela, no es eso, es que la imagen te está dejando, en esos momentos, una cicatriz profunda, aunque aún no lo sabes. Sólo intuyes que cuando vuelvas a tu realidad gracias al billete de vuelta, una parte de ti ya nunca se irá de ese lugar. Ya estás marcado y algo dentro de ti ha cambiado: has visto niños morir de hambre, la más humillante de las muertes, un enemigo que no hace prisioneros. Entonces podrás montarte luego, según ese libro no escrito de los reporteros, el rollo que quieras, decir que te sientes bien, que aquello no te afectó, que te hizo mejor persona o te convirtió en un cínico, pero lo que pasó, pasó. En psicología se llama «impacto residual», o sea, que deja un residuo en la memoria, aunque en ese momento aún no sepas ni que existe. Residuo a residuo, vas llenando el vaso hasta que rebosa.

Fue en Zinder, en la frontera entre Níger y Nigeria, durante el tercer jinete, la alerta alimentaria que se repite cada año, acude puntual en forma de sequía. Sobre el terreno coincidí con un fotoperiodista inglés, Jonathan Hyams, un buen tipo. Eligieron para ilustrar aquel desastre humano aquella niña (Zakia), que acababa de llegar atada a la espalda de su madre, Zauliba, de 45 años.

Vida y muerte de Zakia, la luciérnaga del Sahel

Habían recorrido juntas, bajo la emboscada incandescente del sol, los 18 kilómetros que las separaban de esta aldea. No fue la única madre que habló conmigo. Para mi sorpresa, cuando nuestro contacto dijo que éramos periodistas, ellas, dejaron la cola del pesaje de los niños para hacer otra delante de nosotros y contarnos su vida. Cada mujer tiene aquí una media de siete hijos. Muchas de estas madres ya ha perdido a alguno, pero el luto es fluorescente en el Sahel y no da tiempo a llorar a los pequeños que se van, porque hay que intentar salvar a los que se quedan. Entonces sentí cierta responsabilidad: las historias de esta gente no se convertirán nunca en grandes titulares, pero son las suyas. Muchas comunidades necesitarían un reportero y nunca lo tendrán.

La madre no puso ningún problema en contarme su historia. Zakia, la pequeña de seis hijos, ya estuvo a punto de morir otras dos veces y eso me sirvió para titular un relato sobre la resistencia. La primera fue por dificultades en el parto derivadas de la mutilación genital de su madre, que tiene sus partes cosidas. La segunda, por hambre un año anterior, cuando se les murió el 60% del ganado en estas aldeas.

Esta tercera vez iba a volver a sobrevivir gracias a unos sobres mágicos de crema de cacahuete, muy caloríficos y con un sabor dulzón que a los niños les encanta. Dos semanas de tratamiento son suficientes siempre que no sea demasiado tarde. Aun así, el tratamiento es caro. Traer alimentos hasta aquí, en grandes camiones como locomotoras por el Sahel, encarece el menú hasta ponerlo al nivel de un menú en París. El brazalete para medir el perímetro de su brazo indicó que sufría desnutrición severa. Zakia tenía el pelo escaso y anaranjado, dos síntomas típicos de su salud al límite, y sus costillas parecían el esqueleto de un barco de madera. Sus arrugas eran las de un anciano. Cuando la pesaron en un barreño celeste amarrado a una báscula, rompió a llorar. Una buena señal. Los que se van a morir ya no lloran.

Mientras, Jonathan entraba al hospital para buscar a otros niños. Había una sala general, donde los niños se morían de hambre, y había otra, de cuidados intensivos, donde ni había cuidados de ninguna clase ni podían ser intensivos, pero también se morían de hambre. Dentro de aquella habitación había seis o siete niños. Casi todos padecían desnutrición agravada con malaria. Uno de ellos era un recién nacido del tamaño de un botellín de cerveza. Le puse la mano en su pecho desnudo, donde el latido de su corazón le estremecía todo el cuerpo, como si recibiera una descarga eléctrica. Miré al doctor. Me devolvió un gesto negativo. «Tiene mucha fiebre. Cuestión de horas», dijo. En aquel momento agradecí no tener hijos. No me imagino lo que podrían sentir padres con pequeños en un sitio así, el lugar con mayor mortalidad infantil del mundo, la versión extrema de algo que todos padecemos en algún momento del día: el hambre.

Seis años después puedo revivir en mi memoria el tacto de su piel de cuero negro en mi mano, el olor a suelo fregado con agua sucia, sus ojos sin expresión, su pelo rizado, el sonido del ventilador (tac, tac, tac) moviendo aquella atmósfera de fuego de un lado a otro. No me acuerdo de detalles como el nombre del médico, ni el del conductor, pero ya dicen los psicólogos que lo que mejor recuerdas es aquello que sientes.

Entonces Jonathan encontró a Issia. Era un niño que luchaba por sobrevivir desnutrido y deshidratado, con su piel agrietada que se caía como la pintura de un muro de cal. Intentaron alimentarlo con leche enriquecida mientras Johnny disparaba su cámara. Issia murió aquel 18 de abril sin saber lo que era la moda, las redes sociales y los videojuegos. Sólo la vida desnuda.

Mientras que Zakia comía su primer sobre de crema de cacahuete fuera del centro, que a la larga significó su recuperación, las enfermeras tapaban a Issia con la tela más lujosa que jamás llevó en vida y que le valió de mortaja. En el Sahel hay pocos árboles y la madera no se desprecia en ataúdes. En aquel lugar, vida y muerte dialogaban a pocos metros de distancia. Jonathan todavía tuvo fuerzas para acompañar a la madre, Mariama, y a su hermana mayor, Jamila, ya con Issia enterrado, camino de su aldea, cargando con una tristeza infinita.

Por la noche pillamos unas cervezas y hablamos de lo jodido que está el periodismo con la gente de la ONG. Y de fútbol, y de las relaciones a distancia. La chica de Jonathan vivía en Brasil. La mía, en París. El jefe de misión de la ONG, un burkinés muy simpático, nos habló de cierta creencia local que asociaba los muertos a las luciérnagas. «Dicen que cuando alguien muere, el insecto recoge su alma en forma de luz y la lleva al cielo». Al día siguiente, avioneta y vuelta a casa. Y sabes que no llegas igual que te fuiste. Cuando alguien se muere de hambre delante de uno no es como en las películas. En realidad nada de lo que sucede es como en las películas. Y el problema no es hacer estos reportajes. El problema puede venir cuando las marcas de lujo dejen de publicitar sus bolsos, relojes o cruceros al lado del cuerpo exhausto de una niña negra y estas gentes invisibles dejen de tener biógrafo express.

Aun así el balance es doloroso. La experiencia, traumática. Uno va perdiendo la paz consigo mismo en lugares así, que para ti son un punto marginal del mapa, pero para ellos es el centro de su mundo conocido. Ante la muerte siempre se es un novato y siempre estás solo. ¿Cómo hablas de la muerte desde la vida? ¿Qué palabras debes usar? ¿La palabra muerte sirve para explicar la muerte? En nuestro trabajo, una conversación con una víctima del hambre está llena de materia prima, pero las palabras, argamasa del reportero, no siempre son precisas. Por ejemplo, el término «hambruna» es muy impreciso. ¿Cuántas zakias o issias tienen que morir para que pueda comenzar a usarse?

Días después de aquella visita Johnny publicó su reportaje en The Telegraph inglés con el título Lossing Issia. Yo hice lo propio en EL MUNDO con Las tres muertes de Zakia. Curioso: él me dijo que sus fotos eran demasiado tristes, que no reflejaban del todo la realidad del lugar. «Es cosa de los diarios ingleses, que siempre te piden lo más fuerte». Yo opino lo mismo de las mías, que la cosa puede que me quedara demasiado alegre, que tampoco refleja, ni podrá reflejar nunca, lo que sentí en aquel lugar del demonio al que viajo cada noche durante un rato, aquel hospital en el que fui a cubrir una historia y la historia me cubrió a mí.

Tres años después quise volver a ver a Zakia, seguir la historia que había empezado contando como había crecido después de salvar la vida del hambre aquella primavera de 2012. Contacté de nuevo con los miembros de Save the Children en Níger y comenzaron a buscarla. Varias veces insistí ante la ausencia de noticias. Meses después, recibí un correo de su oficina en Niamey: «Estimado señor Rojas, hemos encontrado a la familia de la niña. Desafortunadamente, murió hace dos años víctima de la malaria».

En un encuentro reciente sobre el periodismo en África un par de activistas me recriminaron que algunos reporteros siempre contamos historias tristes, que África es mucho más que «niños muriéndose de hambre llenos de moscas». Les expliqué que, aunque no los saques en tus reportajes, los niños con moscas seguirán existiendo. Además, si yo no hubiera contado la historia de Zakia, hubiera traicionado a su madre, que fue la que me la legó para que yo la compartiera con los lectores. África es mucho más, pero ésta es la África que yo he visto.

Llevo ocho años viajando a diferentes lugares del continente, algunos cuyo crecimiento económico y social desborda los parámetros de cualquier país del primer mundo y otros lugares condenados por guerras eternas, hambrunas cíclicas o saqueos indecentes. Todos esos sitios llevan para mí el nombre de alguna persona. He soñado muchas veces con el atardecer naranja del Sahel y con aquel centro para desnutridos. La niña está en todos ellos, llorando en la báscula llamando a su madre, que sonríe junto a ella. Cuando me despierto tengo la tentación de mirar vuelos a Níger de nuevo para ir a buscarla. Y entonces me tengo que repetir a mí mismo: «Está muerta, tío».

Desde aquel viaje al Sahel he visitado durante años otros centros de niños desnutridos en Sudán del Sur, Somalia o Chad. Aunque me ha afectado ver a niños sufriendo jamás me causarán el dolor de aquella primer impresión, pero siempre me ha asaltado la misma pregunta: ¿Qué hago aquí? ¿Para qué sirve este trabajo?