Sin cuerpo no hay delito: ‘Ya nunca apareció’ – La Verdad Juárez

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Fotografía: NoroesteShareTweetShareShareEmailComments

Aunque las cifras oficiales muestran que los homicidios han disminuido en Sinaloa los últimos años, lo cierto es que los desaparecidos vinieron a ocupar su lugar. La mayoría de las desapariciones siguen en la impunidad

Por José Abraham Sanz / Noroeste*

Parte 1 de 3

Sinaloa– Cuando salieron de aquella casa en obra negra de la Colonia República Mexicana, al sur de Culiacán, sabían que aquel fulano con la pistola fajada era una amenaza. “Sale pues, al rato se hace”, les dijo después de que Rafael se negó a darle fiado un pedazo de “hielo”, como se conoce a la metanfetamina en Sinaloa.

Rafael ya tenía un par de años vendiendo droga, y junto a Miguel, su amigo y acompañante, sabían que aquel vato se animaba a jalar el gatillo a la más mínima provocación. Habían escuchado que estaba fuera de control y que había matado por deudas de 500 pesos.

“Días antes había matado a un vato ahí enfrente de la casa. Nos salimos, volteando pa’ enfrente, y el vato riéndose de nosotros, porque ya sabíamos que se animaba”, recuerda Miguel. Lo primero que les pasó por la cabeza fue ganarle el jalón, pero eso era algo que ellos nunca habían hecho. “Y pues ahí fue cuando fuimos a buscar a Ceferino”.

Ceferino era un amigo suyo que había trabajado para el narcotráfico desde sus orígenes en la sierra de Badiraguato, pero que se había “hecho gobierno”, pues en ese momento estaba en la Policía Ministerial bajo el mando de Jesús Antonio Aguilar Íñiguez durante el sexenio del Gobernador Juan Millán Lizárraga, un policía que fue acusado por la Federación de tener nexos con la mafia sinaloense, hasta su muerte por covid-19 a principios del 2020.

Fueron a platicarle el “pedo”, porque estaban seguros que el Ceferino “también las podía” y podía hacerles el paro “rapidito”, aunque su intención, más que nada, era pedirle una pistola.

“(Estábamos) en el patio, en esa casa las cosas así eran (se hablaban) hasta atrás, porque él tenía puras niñas hijas, y su esposa; entonces cuando él platicaba cosas así se iba para atrás. Pues ya allá en el patio ya nos dijo cómo estaba el pedo: no, ustedes no… si lo matan a balazos se va a hacer un broncón… podría provocar una bronca contra ellos, pues, que pensaran que la bronca fuera contra ellos”, señala.

“Entonces este wey dijo: pues, péguenle una chinga, atropéllenlo, a batazos o a ver cómo le hacen… y ya se bajan y le pasan por arriba con el carro”, relata.

Pero la manera de resolver problemas de este tipo en Sinaloa parece haber cambiado por lo que pasó justamente después en este pedazo de la historia de Rafael y Miguel: la misma gente que empleaba al sicario aquel, tuvo que hacerse cargo.

“…Y pues a lo mejor ahí es donde entra Dios, porque… duró un día más y al otro día desapareció; supimos que lo habían levantado, pero ya nunca apareció”.

Desobedecer, quedar mal o deber al jefe, lo que no se perdona en la mafia

Juanito (cuya identidad también se resguarda) tiene 49 años, pero parece de 70. En estos días trabaja de velador, así puede seguir sorteando los gastos de su familia y los de su adicción al crystal.

Quien está cerca de él, a veces lo escucha tocar la guitarra y cantar; los ha impresionado con su habilidad para aprender a tocar otros instrumentos de manera empírica. Dice que el oído y la capacidad musical le viene de familia.

“Yo los miraba y pues me gustó, entonces cuando iban a tocar yo también iba y ya me fui yendo yendo y yo también le fui dando a mi manera, ya nadie me enseñó, así a puro oído… Tenía un conjuntito, pero se desbarató porque mataron a la gente”.

— ¿Y eso?

—Por broncas de allá, del rancho; así de que qué te puedo decir, por cosas, que las plantas, que se metían las reses a algunos (terrenos) y así.

Un hermano suyo tocaba el acordeón, otro el violín y un primo el tololoche. Es oriundo de La Sávila, un pueblo ubicado en la sierra de Badiraguato en donde creció sin ir a la escuela.

A mediados de los años 80, llegó un compa para proponerles un jale, que no era más que sembrar mariguana. Recuerda que recibió un pago de unos 3 mil pesos. Él tenía 22 años de edad: “… pues siempre, eran como 300 mil pesos de ahorita, porque yo compré un carro con el dinero y me sobró”, dice.

“Nosotros a sembrar, a regar la mariguana, para que estuviera, ya que estuvo… a traer gente para empezar a pizcarla”. El negocio salió de la mejor manera para todos, tanto que los invitaron a hacer lo mismo, pero en Caborca, Sonora, en donde cosecharon hasta 70 toneladas. Duraron un año y dos meses arriba y sólo bajaban al pueblo por cosas básicas.

Luego se fueron a San Blas, Nayarit, luego a Michoacán, y comenzó a viajar por otra media docena de estados con zonas serranas y condiciones para sembrar y cosechar mariguana.

—¿Alguna vez tuvieron problemas con el Ejército?

—No, porque pagaban cuota.

—¿Sabes cuánto pagarían?

—No, pues no sé, a nosotros no nos avisaban, porque ellos, los encargados, se encargaban de eso. Nosotros éramos puros sembradores.

—¿Entonces no cayó el Ejército arriba por ustedes?

—La ley no, los boludos sí daban vuelta, arriba. Daba una o dos vueltas y se iban.

Juanito decidió casarse a los 27 años, migró a Culiacán y decidió comenzar a vender mariguana, eran los principios de la década de los 90. No recuerda cuánto vendía a diario, pero lo cierto es que no sacaba cuentas. “Porque agarraba el dinero y lo gastaba”, señala.

Cuando le pregunto si tenía muchos clientes sonríe: muchos, sí, muchos. Hacían cola a veces.

La situación con la Policía no era igual que hoy, había menos, y también podría quitártelos de encima por mil o 3 mil pesos, según el que los agarraba.

La mariguana que traía Juanito era de Cosalá, de donde un primo suyo había acondicionado un terreno para cosechar. Él mismo se iba en camión para la sierra, y en mochilas y maletas en el camión regional, bajaba con la hierba. “Ahí nos arriesgábamos”, expresa. Fue detenido una vez, pero gracias a un amigo pudo pagar unos miles de pesos y quedó en libertad.

“Pero como seguí vendiendo, me volvieron a chingar y ya pagué cinco años. Salí en 2012, fue en 2005 cuando me agarraron”, señala.

En ese tiempo, Juanito compraba 2 o 3 kilos, cada uno en 500 pesos, y de cada uno sacaba ganancias de al menos 3 mil pesos o incluso más.

“Sí, muchos, muchos vendían, todavía no se ponía como está ahora, pues”, resalta. “Era libre entonces, y ahora no, pues ahora ya nada más unos… ya por eso dejamos de vender, ya no vendemos nada”.

—¿Hace cuánto cambió?

Hace unos 10 años, por ahí, unos 10 años. Ya no dejaron vender (libre).

—¿Qué pasa si vendes?

No, pues si compras y vendes, ellos lo levantan, lo lastiman, a ver de dónde lo sacó, porque es otro “bisnes” ahora, que no dejan a nadie vender, más que la de ellos.

Es meterse en broncas, de que quedas mal con el patrón, de que le deben droga a uno y quedar mal con él. Hay veces que no le pagan a uno y ahí salen los problemas.

Después de escuchar su última respuesta, le pregunto a Juanito ¿te pueden llegar a matar? Él sonríe y luego me responde un largo “sí”. “A veces que perdonan… pero no, esas cosas no la perdonan”, agrega.

***

*Un reportaje de Noroeste como parte del MásterLAB de Quinto Elemento Lab @quintoelab

Este contenido es publicado por La Verdad con autorización de Noroeste. Ver original aquí.

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