Muere Concha Márquez Piquer, una vida de copla | Música The Trust Project

Muere Concha Márquez Piquer, una vida de copla | Música The Trust Project

Concha Márquez Piquer, digna hija de Concha Piquer, cantaba muy bien. Por ser hija de quien era se le abrieron muchas puertas. Por ser hija de quien era no se le acabaron de abrir par en par. Aunque su voz, tan parecida en el timbre de algunos giros, a la de su madre, la autorizaba a sentirse la figura que llegó a ser, la comparación siempre, como en tantos otros casos similares, no le resultó particularmente favorable. Tuvo que luchar contra ella. Hoy, a la hora de su desaparición, podemos decir que Concha Márquez Piquer triunfó en la copla. Pero no lo bastante, lo que merecía y que, no obstante, obtuvo en no pocos momentos.

Eligió su nombre completo para saltar a las tablas. Hizo bien, porque era hija de torero importante y tonadillera grande. Concha, su madre, conoció, en 1929, en Barcelona, de modo casual, a un matador madrileño de postín: Antonio Márquez, apodado El Belmonte Rubio.El diestro respondía a la mitología literaria, popular, costumbrista, de la profesión. Hijo de un carbonero y una sirvienta, había triunfado en los ruedos, izándose sobre su humilde origen. No le causó impresión a la Piquer, a la que, además, no le caían bien los toreros («se creen más machos que nadie»).

Pero, siguiendo con la mitología popular, el destino los volvió a juntar tiempo después en Madrid, donde los sorprendió la Guerra Civil. Huyeron a Francia. Regresaron a España, a la Sevilla de Queipo de Llano, donde Concha volvió a actuar. En cambio, Márquez, que había reaparecido fugazmente, se cortó la coleta definitivamente. Ambos embarcaron en Bilbao, el 1 de septiembre de 1944, rumbo a Argentina. Y allí, en Buenos Aires, el 31 de diciembre de 1945, nació su hija, que fue amadrinada por Eva Perón, que había celebrado su boda con Juan Domingo Perón en casa de la artista, en el exclusivo barrio bonaerense de Belgrano. «No olvides que para ti soy tu segunda madre», le decía Evita a su ahijada.

Conchita había nacido en Buenos Aires porque su madre, que no estaba casada legalmente con Antonio Márquez, no hubiera sido bien vista, como madre soltera en la pacata España de entonces. Concha llevaba a Conchita al teatro los fines de semana. Y la niña, entre bastidores se aprendió de memoria las canciones de su madre y el dulce veneno de los aplausos. Y decidió ser también artista. Por si no bastaba la genética, allí estaba el ambiente para echarle una mano.

Si la vida de Concha Piquer era como el argumento de una copla con todos los fascinantes tópicos del género para hacerla más verosímil y a su intérprete más auténtica, la de su hija no le iría a la zaga. Al igual que en un juego de espejos, obediente a un legado sentimental que era menos una elección que una predestinación, Conchita también se casaría en 1962, en la iglesia madrileña de San Jerónimo el Real, con un torero de tronío: Curro Romero. Y a los 17 años. Una adolescente. ¿Caben mayores ingredientes para una letra de copla?

Sí, cabe en su parcela trágica. Una de las dos hijas del matrimonio, Coral (la otra era Concha, Conchitín), se mataría en un accidente de carretera a los 19 años en Estados Unidos. La pérdida sumió a su madre en una profunda depresión de la que salió a fuerza de voluntad y de fe religiosa, y que narraría en sus memorias, tituladas Yo misma.

Curro Romero, de quien se separó en 1979 y del que obtendría el divorcio tres años más tarde, fue su primer amor. Pero el hombre de su vida fue el actor Ramiro Oliveros, gran presencia, gran voz, con quien con quien contrajo matrimonio civil en 1982 tras divorciarse de Curro Romero. Con él tuvo una hija (Iris, 1988) y convivió hasta hoy («Se ha ido mi vida»). Hay dos instantes capitales en la vida artística de Concha Márquez Piquer. Su presentación, a los 24 años, en el teatro Calderón y, el 21 de junio de 1970, en el de la Zarzuela. Dos escenarios madrileños nimbados por la tradición y el prestigio. De ambas actuaciones saldría convertida en la estrella que llegó a ser. Grabó discos en el sello Columbia. En España actuó en grandes teatros y en las salas de fiestas más importantes de la época: Florida Park, Pavillón, Cleofás... Igual que su madre, saltó a América. En los escenarios y en la televisión de México logró sus mayores éxitos. Tenía formación musical, canto y baile, e incluso optó a representar a España en el programa Pasaporte a Dublín en 1970, que elegiría nuestra canción para el Festival de Eurovisión de 1971. Ganaría Karina.

En los últimos años, Concha experimentó graves problemas de salud, insuficiencias respiratorias, que soportó con dignidad y discreción. Se apagó en la UCI del hospital Quirón de Madrid. Será enterrada en el cementerio madrileño de San Isidro. Junto a su madre, que yace allí desde 1990. Dos mujeres, dos artistas en dos períodos de la historia de un país que ya no es igual al de las coplas con las que ellas lo retrataron. Pero que nunca dejará de parecerse, en su esencia, al que ambas cantaron.


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